viernes, 25 de diciembre de 2009

¿Soy, o me hacen?



Uno, el que sólo en los demás ve defectos, hizo de pinche junto con Ella, y se encargó de preparar las gambas y el pulpo. Se le olvidó echar sal a las primeras, cosa que intentó enmendar friéndolas un rato más; pero fue demasiado corto ese rato, y sosas se quedaron. Por descontado, él pensaba que las suyas eran las mejores gambas nunca antes cocinadas, pero yo, que no habiendo cocinado nada no me consideraba autorizado para juzgar, me las comía pensando: «Qué desperdicio de gambas. En fin…». Mientras esto sucedía, Uno vigilaba el pulpo, abriendo de vez en cuando el horno en el que se estaba haciendo y siempre quejándose de lo duro que seguía estando. Llegado el momento de su ingesta y degustación, resultó estar, sí, algo duro, pero sobre todo soso. «Al pulpo nunca se le echa sal, Ella», aleccionaba Uno a su creadora. Por lo que había ido escuchando yo durante la conversación, Uno lo había cocinado con algo de cerveza. «Amarga un poco», comentó Ella para la concurrencia. Y yo, mientras me lo comía tratando de no exteriorizar con mi cara lo que en mi interior sentía, pensaba: «Qué desperdicio de pulpo. En fin…».

Todo ello se desarrollaba en medio de una velada donde Ella parecía disfrutar sobremanera, pues no pasaban acaso cinco minutos sin que por razones que siempre a mí se me escapaban se desternillara casi hasta el infarto. «Más que vino blanco parece que fuera éxtasis líquido lo que está bebiendo», pensaba yo.

Y, como apenas hablara yo y mi semblante apenas se conmoviera, Uno insistía en no llamarme por mi nombre, sino por el de «Sosomán», hasta que le hube de decir que, cuanto más me lo llamara, más a propósito me vendría tal sobrenombre. Pues su estúpido apelativo no provocaba en mí sino ganas de sumirme más y más en el mutismo, lo cual se agravaba al ver que era yo incapaz de participar, pues no lo comprendía, del alborozo de Ella y Uno (uno y otro mutuamente se procuraban motivos para alimentar su jocosidad). Alborozo que no parecía comprender tampoco Otro; acaso adivinaba algo de vez en cuando, ya que se reía, sí, de vez en cuando, con alguna gana. Y es que seguramente estaría pensando Otro, marido de Ella según los papeles, en sentarse ante el ordenador e intercambiar e-mails con quienquiera que lo haga: hace unos días se abrió una cuenta, para evitar —sospecho— que la factura de su teléfono móvil continúe llegándole con un importe a pagar que tal vez ya le resulta casi obsceno.

En cuanto a la imagen que encabeza mi escrito soliloquio, se trata de una frase que recomendaron, desde el Teléfono de la Esperanza, que tuviera siempre presente Ella: la de anoche no es su actitud habitual, que más bien se inclina hacia la quejumbre y el pesimismo. Bueno, en realidad en la frase original reza un verbo en primera persona, pues tiene como fin que Ella se convenza, a sí misma, de que la realidad no es como ella la ve. Mi propósito es comprar un marco digno para la composición (la imagen de fondo, que añadí después de informarme de qué flores le gustan, es cosa mía también) y regalárselo todo un día de éstos. Sin embargo, el marco sigue sin comprar, la imagen metida en una triste funda de plástico, porque de lo primero («Eres una persona valiosa y llena de amor […]») no cabe dudar, pero de lo segundo necesito estar más seguro. Necesito la señal de que, aunque sea al menos durante cinco días, Ella siente que no es mierda todo cuanto tiene a su alrededor. Se merece mi amor y mi respeto, desde luego, pero quiero que se los merezca un poco más.


lunes, 14 de diciembre de 2009

¡No! ¡No! ¡¡No!!





¿Por qué no? ¿Por qué he realizado sobre esa n —que con estoicismo debo sufrir casi todos los días— la marca de eliminar (¡muere!, ¡muere!, ¡muere!)? Porque el verbo haber, cuando funciona como verbo principal (aquel que expresa la acción a que, en última instancia, se refiere el hablante o escribiente), es impersonal. Significa esto, como sin dificultad puede deducirse, que en tales casos nunca lleva sujeto. Y ¿qué carajo es —quizá se pregunte alguien—, entonces, demasiadas personas? Es, mi grosero amigo, el complemento directo, lo cual queda patente si uno comprueba que dicho sintagma puede ser sustituido por lo, la, los o las. Veamos:

*Lo había alllí;
*La había allí;
*Los había allí;
Las había allí (¡eureka!).

(Y, por supuesto, el verbo no tiene ninguna necesidad de concordar con el complemento directo. Esto es, que pasa de su cara.)

Para terminar, observen una circunstancia que hace que a los ojos de cualquiera se muestre cegadora la verdad que acabo de exponer: ¿dicen acaso ustedes Hayn demasiadas personas? Espero que no. Pues, del mismo modo que en presente de indicativo se utiliza el susodicho verbo en tercera persona del singular, así ha de hacerse con el resto de los tiempos verbales (Habrá toneladas de lechugas, Ha habido muchos limones, Debe de haber¹ diversos errores), razón por la cual don Leonardo Gómez Torrego, en su Gramática didáctica del español (Madrid: SM, 2007), califica muy didácticamente a mi magreado verbo como unipersonal: sólo se usa, cuando funciona como verbo principal, en tercera persona del singular.

¡Coño ya!
___________________
¹ Las perífrasis verbales (lo que es debe de haber) son construcciones que funcionan como una unidad y están formadas por dos o más verbos; uno o más de dichos verbos funcionan como auxiliares, y el último, como principal, el cual va en forma impersonal (en infinitivo, gerundio o participio). El auxiliar es en estos casos el que debe seguir la «regla de unipersonalidad», es decir, siempre va en tercera persona del singular (si el principal es haber): TIENE que haber demasiadas personas, LLEGA a haber demasiadas personas, VA habiendo demasiadas personas...

martes, 8 de diciembre de 2009

Aquí estuvo publicada una mierda


A la mierda se ha ido.

Que en la mierda se quede.

Imaginaciones


Recuerdo que esa mancha, de apenas dos milímetros de diámetro, la tenía él bajo el pómulo derecho desde hacía varios años. No obstante, como cualquiera se habitúa a los ojos, la nariz o la boca de los demás, así habíamos hecho con esa mota quienes lo conocíamos: no le dábamos la más mínima importancia.

Empero, un día, sin que nadie sepa por qué, comenzó a crecer, y sus cambios podían percibirse a cada semana que pasaba. A la tercera o la cuarta, me di cuenta de que en el centro exacto del círculo —tal forma presentaba la mancha en todo momento— había surgido un pequeño punto negro, igualmente redondo. Con azoramiento iba asimismo viendo que, a medida que el tiempo transcurría, crecía proporcionalmente ese punto, y que su negritud cobraba a su vez mayor pureza y hondura. Ya en los últimos días que estuve con él me pareció advertir, cuando me mostraba su perfil, que la por entonces notable circunferencia se sumía en su rostro, alcanzando su mayor profundidad en su insondable centro.

En fin, según me han contado —pues, salvo de lo referido antes, no puedo dar fe directa de nada más—, no se ha vuelto a saber de él desde hace dos meses, cuando, viendo que tardaba más de lo acostumbrado, fueron a su habitación a despertarlo y sólo encontraron su cama deshecha. Algunos de quienes me lo han relatado, además, no tienen empacho en destacar cierta particularidad del suceso y en extraer de ella conclusiones que no puedo escuchar sin desdén: se preguntan, si acaso no cabe mejor hablar de exclamaciones de terror, por qué el embozo de las sábanas se hallaba casi al nivel de la almohada, y no éstas replegadas como es propio de un lecho abandonado al desgaire por quien ha yacido en él. Sobre las ridículas respuestas que se dan a sí mismos, preguntadles a ellos.



jueves, 19 de noviembre de 2009

Pasión torera



—¿Por qué me haces esto? —preguntó el toro al torero.

—Porque te quiero.

—Hagamos entonces el amor, y deja que te meta el asta por el orto.

—No, cariño, que siendo mi amor de una gran pureza aún mayor es su largueza. ¿Cómo podría seguir llamándolo así, amor, consintiendo en recibir, salvo tu donaire y apostura, si es que cabe más de ti?

—Deja, deja —replicó el toro con semblante de embeleso—, ya verás si cabe.

¿Fin?


P. D.: Gracias, Raúl, por tu inestimable colaboración.

martes, 10 de noviembre de 2009

En su sitio cada cosa




Deben saber, señoras y señores, que no fue una suerte de ente abstracto llamado Filmaffinity, sino Julián Echolls, Darthz, etcétera, el autor de una entusiasta y elocuente reseña sobre la serie Californication que, como han podido ustedes observar, también ha gustado a la gente que edita los deuvedés.

Sobre el propio lugar de su comisión, pues, queda corregido tal error, y así habría hecho también con otro en que ha incurrido quien reprodujo la cita si no me lo impidiese mi impericia en esto de los retoques infográficos. Me permitirán ustedes, no obstante, que deje escrito todo, como debía escrupulosamente ser transcrito, a continuación:

La serie está compuesta de capítulos cortos que se beben como chupitos de alcohol y que arden en la garganta [...], y que, desde luego, no causan indiferencia.

Julián Echolls



Véase que, al tiempo que le escamotean la firma, le adjudican unos apócrifos puntos suspensivos. En fin, pinchando aquí comprobrán que de mentiroso, cuando menos, no se me puede tachar.

Y enhorabuena, tío.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Quien lo entienda que me lo explique


Las palabras que a continuación figuran entre comillas forman parte de unas declaraciones que, a raíz de una sentencia del Tribunal de Estrasburgo según la cual la presencia del crucifijo en un colegio público va contra la libertad religiosa, fueron vertidas por el actual obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, y recogidas en el diario La Verdad del día 7 de noviembre.

«El ser humano no puede existir sin símbolos.» En consecuencia, yo no existo; algún estupefaciente llevaréis metido en el cuerpo, porque esto que aquí está escrito, amén de todo lo anterior, es una alucinación —lamentable, por cierto—. O eso, o la investigación en materia de inteligencia artificial está más avanzada —modestia aparte— de lo que en general se cree y sabe.
No, en serio, yo estoy encantado por que haya los símbolos que a cada cual le plazca lucir. Los que a cada cual le plazca lucir: alguien que no profese el catolicismo no tiene por qué transigir con ese símbolo, y puede con todo derecho decir que su exhibición en lugares públicos le resulta «discriminatoria» (lo que no es la antedicha sentencia, como afirman los obispos).

«Es un símbolo de libertad.» ¿De la de quién?

«Donde no hay crucifijo no hay distición entre la Iglesia y el Estado.» No tenía noticia de que el monseñor le diera a los porros... «Si desaparece, perderemos los logros de la cultura europea: al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.» ¡Premio al ganador del Trofeo a la Inmodestia!: sin ellos no seríamos más que pura ignorancia, vacuidad intelectual, alimañas asilvestradas... Y, eliminado el crucifijo de los lugares públicos, se abriría un abismo (de analfabetismo e iniquidad) cuya ominosa negrura nos devoraría a todos (los no católicos). No haré más comentarios; estas citas se cubren de «gloria» (pese a las comillas, la palabra es mía) por sí solas.

«Es un símbolo de respeto a la dignidad de la persona desde su nacimiento hasta la muerte natural.» ¿La dignidad de qué persona? ¿La muerte natural de qué? Como símbolo de dignidad puede haber muchas cosas, pero no ésa, a mi entender (quien vea el asunto de otra forma, y me dé argumentos lógicos que la sustenten, tiene mi total atención). Quien permanece en la imagen crucificado se escribió que era una persona inconcebiblemente bondadosa y de un juicio elevadísimo, predicaba que debe amarse hasta al mismo enemigo y amó a todos cuantos lo rodearon, prestó auxilio con extrema largueza... Que era, en suma, un ser absolutamente extraordinario. Y, sin embargo, Dios no tuvo reparos en dejar que lo mataran. Eso simbolizan los palos en que fueron clavados sus manos y sus pies. De hecho, lo que representan se reduce precisamente a un hecho meramente símbólico cuyo sentido, tras mucho buscar, no he encontrado: con el sacrificio de su hijo —su cordero—, el supuesto ser supremo aplacó la presunta ira que en él se levantó contra nosotros, pecadores repugnantes. En su sin par sabiduría, Dios no fue capaz de dar con otro modo de redimirnos; con su excelsa misericorida, no se limitó más que a contemplar el indecible sufrimiento que le fue infligido a su hijo. He ahí el «símbolo de respeto a la dignidad de la persona». Cristo crucificado no simboliza sino la crueldad, tanto la divina como la humana.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Errores ufanos




Con orgullo (bien grandes son algunos de estos carteles) y profusión (... y cuán abundantes, sin duda), los autores de este rótulo han querido dejar claro que no conocen (que no recuerdan, más bien) la elementalísima regla según la cual determinantes, adjetivos y sustantivos, cuando unos se refieren a los otros, deben concordar en género y número. La ausencia de tres simples letras ha revelado el desinterés que mostraron en su día durante la lección escolar en que esto se les trató de enseñar, pues lo siguiente, y no otra cosa, es lo que debería rezar en tales carteles: «54 SEMANA[S] INTERNACIONAL[ES] DE CINE DE VALLADOLID».

Sí, ya os habréis dado cuenta de que, aun con deliberación, en no bajo grado desvarío. Ese número, aunque no pueda, quiere representar un ordinal. Quienes mandaron que esas palabras figuraran así —y varios otros que antes y después han sido y serán artífices de semejantes rótulos— habrían hecho mejor si en voladita hubieran añadido, tras el dichoso número, una humilde a: «54[ª] SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID». Y, si antes de la a hubieran querido también un punto («54[.ª] SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID»), yo no estaría ahora ocupando mi tiempo en este placer, sino quizá rebajándome hasta el punto de alabar a estas personas por reunir en sus cabezas un conocimiento ajeno a tantos otros: 54.ª no es más que la abreviatura de quincuagésima cuarta, y, como abreviatura, lleva punto. La razón por que ha de estar antes de la letra volada no la sé (o no la recuerdo), pero habréis de convenir en que situado tras ella el conjunto queda feo que lo flipas: 54ª. Tal vez en el estético radique, en fin, todo su fundamento.

Para terminar —pocos serán los privilegiados que hasta aquí habrán llegado, intuyo—, añado que para el susodicho rótulo también podría haberse usado un número romano, ya que al igual que la referida abreviatura tales números se leen como ordinales: «LIX SEMANA INTER[bla, bla, bla]». Encabezar un título con un número no resulta demasiado estético, conque esta alternativa, o la de escribir «QUINCUAGÉSIMA CUARTA», supondría la perfección y, por tanto, una evidencia que probablemente me haría caer desmayado al suelo: daría gusto leer cuanto cartel se viese por la calle; tendría que buscarme otro trabajo.

lunes, 26 de octubre de 2009

Elegía del teléfono (y de la madre que lo parió)


¡Pobre Graham Bell,
que sobre sí tanto soporta
de mis desechos el vertido!
Pero ¿es la culpa mía
si por media de alegría
me da su vil invento
cien veces por culo
y otras muchas de tormento?

domingo, 25 de octubre de 2009

Ca... Caa... ¡Ca-ínnn!




Qué diablo de dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín.


Esta frase, magnífica, brillantemente compendiosa, es todo cuanto puede leerse en la contraportada del último de Saramago, libro con el cual me he hecho, sólo hasta recién empezado diciembre, mediante una vil e inconfesable artimaña.

Pues bien bien, al igual que hizo en El Evangelio según Jesucristo, su excelencia don José utiliza en este libro las Sagradas Escrituras para armar un relato hasta cierto punto alternativo del «oficial», plagado —abrigo tales esperanzas— de mordaces pullitas que inducen al lector a concebir el Libro como si nunca hubiera oído hablar de él (bueno, esto es una exageración, pero creo que entenderéis nuestro propósito), a mirarlo con otros ojos. En definitiva, a darle a la mollera.

Conque llegando al final confiésome con franqueza: la perspectiva de leer a tan juicioso ateo hablar en esta ocasión sobre el Antiguo Testamento, máxime cuando el «renegado de la fe» es un artista de mi entera devoción, excita mi cerebro de tal modo que, si fuera un pene, ni la más fina aguja podría atravesarlo.

P. D.: Y que publico esto aquí en vista del escaso o nulo éxito que parece tener casi nada de lo que expongo en Facebook. Y, aparte, porque la obscenidad de hace tres líneas quizá hiriese alguna sensibilidad. En suma, por una extraña mezcla de rensentimiento —gracias por nada— y consideración —de nada—. Alusiones estas que dirijo, paradójjjicamente, a quien no las leerá.

sábado, 24 de octubre de 2009

jueves, 22 de octubre de 2009

domingo, 11 de octubre de 2009

Cualquier día de éstos...


Golpeando con saña el volante y gritando imprecaciones contra la madre de todo cuanto se le ocurría, concluyó que con las ruedas reventadas nunca llegaría a tiempo a un sitio seguro y, en fin, que debía decidirse a salir del habitáculo ya: o lo hacía cuanto antes o moriría aplastado bajo la presión de la carrocería, la cual, sojuzgada bajo el plomo ígneo en que se habían convertido los rayos del sol, no cesaba de crujir y retorcerse como un animal moribundo. Tiró de la manivela, pero la puerta no se movía: el metal que la formaba se debía de haber fundido en los puntos en que apenas unos milímetros la separaban del resto de las piezas de la carrocería, sellándola irremisiblemente. Trató entonces de bajar el cristal de su ventanilla, pero, como suponía, el mecanismo eléctrico no respondió. Llevaba un par de segundos rezando cuando las seis lunas de que se componía el coche estallaron con horrísono estrépito y dejaron deslizarse al interior ráfagas furiosas de fuego gaseoso. Sobrepujando el instinto al pánico, atravesó el vano enmarcado de esquirlas de cristal.

Al entrar sus manos en contacto con el asfalto, un sonoro siseo realizaba la presentación del terrible dolor que, acto seguido, le atravesó las falanges y las palmas. En cuanto pudo, apoyó un hombro —de dobló—, después las costillas, y al cabo, desenganchados los pies del marco de la ventana, cuan largo era reposó sobre el suelo humeante. Tras hacer acopio de coraje, apoyó de nuevo las manos y con premiosidad se irguió. Se miró las palmas: donde la piel no estaba roja, se hallaba levantada o palpitaba. Vio asimismo que en el suelo varios trozos de la tela de su camisa, hechos jirones, se habían quedado adheridos al asfalto.

Enfiló el camino hacia las oficinas, ya en la acera. Lo que estaba viendo se parecía demasiado al lugar al cual, según le advirtieron los curas en tiempos del colegio, van todos aquellos que se pajean como un mono. Las losas que se extendían ante él estaban resquebrajándose, y notaba cómo cedían bajo sus pies. El verdor del césped de los jardines estaba por entero infectado de amarillo. Las copas de algunos árboles habían empezado a arder, y a punto estuvo de que la rama de uno de ellos le cayese encima cuando se desgajó de su tronco, socarrado todo nexo. Los pocos seres semovientes que veía no tenían mejor aspecto: un perro, de cuyo pelaje emanaba humo, corría despavorido mientras gañía; las personas que no emitían alaridos a causa de las llamas que las envolvían yacían inertes, tendidas en el suelo y con la piel prácticamente desprendida, mostrando en algunas zonas sus huesos. Había decenas de coches que, en semejante estado que el suyo, permanecían parados en medio de la carretera. En el interior de algunos de ellos, los ocupantes que podía ver no habían corrido tan buena suerte como él: unos estaban aplastados por la carrocería; otros, acaso exhaustos por el calor y desangrados debido a los cortes de cristales, apenas habían podido sacar medio cuerpo por una ventanilla; y otros, a los que les debía de haber fallado la dirección electrónica antes de reventar las ruedas, habían chocado con alguno de los numerosos vehículos que salpicaban la carretera, habían perdido la consciencia —tanto mejor para ellos— y ya mostraban en sus rostros las primeras señales de estar abrasándose.

Cuando apenas le quedaba una decena de metros para llegar, las suelas de los zapatos se desprendieron. No lo cogió esto de sorpresa, pues se había percatado de que, como casi todo a su alrededor, aquéllas también estaban humeando hacía tiempo. Se soltó los cordones y se deshizo de los restos de su calzado. No bien llegó a la puerta, percibió en sus pies aquella sensación que había experimentado en las manos: los calcetines eran calcinada historia; sus plantas podales, como dos mapas «mudos» de la orografía australiana.

Una vez hubo atravesado la segunda puerta que aislaba las oficinas del exterior, prometiéndoselas en su mente muy felices, se dio de bruces, literalmente, con un muro de gélida atmósfera y no menos terrorífico panorama que el que acababa de dejar atrás. Todo a su alrededor estaba cubierto de hielo, capas y capas que opacaban la imagen de cuanto envolvían: pantallas de ordenador todavía encendidas, mesas, sillas, armarios... Y la gente, por supuesto: ellos daban el toque final a lo que parecía una escena que alguien, mientras visionaba la película de que formaba parte, había querido observar en «pausa» para escudriñarla con minuciosidad. No obstante, tenían todos los labios amoratados y las pupilas apenas eran perceptibles, enterradas bajo lágrimas congeladas. Le extrañó ver que una compañera, no muy dada a los accesorios indumentarios, llevaba una especie de sombrero; pero, al mirar más detenidamente, se dio cuenta de que no era más que una estalactita que se había desprendido del techo. Con extremo nerviosismo y poniendo delante de su cara las manos, alzó la mirada al techo y, entre los huecos de sus dedos, tembloroso de frío y de terror, vio fragmentado un enorme plantel de agujas heladas. Sin dejar de cubrirse como bien podía la cabeza, retomaron sus ojos el frente y otra visión le horadó las retinas durante sus últimos segundos: todos tenían la boca y los ojos muy abiertos, salvo la chica del «tocado».

La ignorancia en ocasiones es un consuelo, pues quizá un infarto se lo habría llevado antes si hubiera sabido, o aun intuido, que el húmedo bochorno que antes había inhalado estaba acelerando un proceso que en sus compañeros fue gradual. Triste consuelo, en cualquier caso: después de exhalar una blanca vaharada más, el interior de los pulmones culminó su petrificación.

Entonces, por un instante fugaz —despiadadamente dilatado—, comprendió.



viernes, 9 de octubre de 2009

Soledad



Se tapa durante unos segundos los ojos, mientras se seca la cara, y ve entonces todo su mundo. Recorre lugares antes recorridos, pero parecen extrañados sus suelos de sus pisadas; se encuentra con personas con quienes ya se encontró, pero de su cara parecen extrañarse sus consciencias: es un extranjero, aunque nunca haya emigrado desde que nació. A una mosca le ha perdonado su inquietud y sus indecorosos modos, pues ha sido ella todo con lo cual ha sentido cierta complicidad.

Acaso el problema radique en que no entiende nada. ¡Perdón!, pues me equivoco: entiende al menos –o cree entender– aquello que no sabe sino sonar; y a quienes no existen.


sábado, 3 de octubre de 2009

Esnobismo (reflexiones anticuadas)

Sí, vivieron durante muchos años sumidos en la carestía o acaso en la misma miseria. Lo tengo en cuenta, pero la incomprensión es más fuerte: ahora, cuando disfrutan de una economía más desahogada, muchos de ellos no ven más allá de la paupérrima apariencia; desdeñando la cultura –¿para qué la quieren si poseen y custodian y atesoran cosas?, parecen pensar–, se contentan con redimirse a medias.

Caminaba y camina uno por los pasillos de los megacentros comerciales y no puede sacar otra conclusión: parecen gorilas vestidos de etiqueta que se conforman con el mero atuendo para integrarse en el atildado entorno (¡qué carajo, si es así!; y nadie les exigirá un carné de «mínimo nivel de inquietud intelectual» como requisito para cerrar una venta, claro). Sin embargo, a poco que uno rasque –escuche, pregunte, observe–, verá que su flequillo no tarda en agitarse a causa de cuanto escapa del interior: aire.

Por la misma época, empezó a ver uno también como las enormes esculturas «modernas» emprendían su progresiva invasión de la ciudad toda, y, en pos de esa visión, a pensar que con tan majestuosa erección no se empeña la clase política sino en parecer adelantada a su tiempo, o cuando menos que lo acompaña sin rezagarse; pero no adivino bajo la carcasa –reitero– más que simpleza y ramplonería. Pues muchos pretenden ir de la pobreza a la abundancia sin detenerse un triste momento –sea en el trayecto, sea cuando ya han llegado– en estrujarse las meninges, en explorar otras mentes y abrir con ello las suyas. «Semos estilosos y modernos, ¿o es que no lo ves? Mira, si no te lo crees, la gente pasar, mira las cosas tan bonitas (bueno, modernas) y tan grandes que pueblan nuestros parques, nuestras plazas... Esto es lo másss.»

Luego, al mirar unas ruinas antiquísimas recién descubiertas, la única idea que conciben es la de derruirlas y construir cualquier cosa sobre el polvo que de ellas quede; cuando escuchan música –o la oyen, que acaso sea el verbo más adecuado–, no saben ni identificar quién la compuso o el género a que pertenece... En lo poco que hallan placer es en la diversión instantánea y continua, y lo que más les pirra –lo cual dicen sin pudor y con el mayor de los embelesos– es la joya, el coche o la televisión que se acaban de comprar. Etcétera.

Qué pronto he olvidado El lobo estepario.

P. D.: La idea de crear algo similar a este modestísimo artículo surgió en mi mente hace mucho tiempo, pero ha sido «Madrid: una ciudad zombificada», de Darthz, lo que finalmente me ha incitado a escribirlo y publicarlo. Con un par.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Gangrena: inocencia extraviada


Amnistía Internacional denunció ayer que el régimen de incomunicación de los detenidos en España incumple el derecho internacional de los derechos humanos. Según Amnistía, el régimen español es uno de los más estrictos de Europa porque permite mantener a una persona recluida incomunicada hasta 5 días en todos los casos y 13 si es sospechosa de delitos de terrorismo.

20 minutos (16 de septiembre de 2009)

Artículo 15


Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes.

Artículo 17

3. Toda persona detenida debe ser informada de forma inmediata, y de modo que le sea comprensible, de sus derechos y de las razones de su detención.

Artículo 24
2. Asimismo, todos tienen derecho [...] a un proceso público sin dilaciones indebidas [...] y a la presunción de inocencia.
Constitución española de 1978

Informaban diversos periódicos hace unos tres meses, a propósito de la comisión de un delito muy grave, de que la Policía había detenido a una decena de personas relacionadas con dicho delito. Éste que ahora comienza es un breve repaso a la información que, respecto a una de estas personas, a la cual conozco y a la que desde ahora me referiré con la letra X (absolutamente ficticia), no llegó a ojos de lector alguno.

Pues bien, nadie que leyera estos periódicos pudo saber, por ejemplo, que X no fue informado ni de sus derechos ni de las causas de su detención hasta un buen rato después de haberse producido ésta.

En las páginas dedicadas a la noticia se decía que habían sido incautados, entre otras cosas, coches, varios miles de euros y algunas armas. A tenor de esta información, cualquiera podría deducir:
  1. que el dinero y los coches eran fruto del delito cometido, aunque ningún juez hubiera dictaminado todavía en tal sentido (X, en particular, es socio desde hace sólo pocos meses de una de las empresas involucradas; sin embargo, él es propietario de su coche desde hace bastante más tiempo, por lo que el susodicho delito no pudo haber sido, en ningún caso, el medio que le permitió adquirir el vehículo);
  2. que las armas habían sido utilizadas con fines criminales, cuando, en relación con X, se da la circunstancia de que él posee varias de ellas —junto con sus respectivas licencias— porque trabajaba, en régimen de pluriempleo y hasta el día de su detención, como guarda de seguridad; X, por otro lado, no opuso la más mínima resistencia para indicar a los policías el lugar donde las guardaba.
(Pensad en ello cuando miréis fotografías de bienes incautados.)

En los medios mencionados no se hacía referencia, asimismo, al hecho de que X, mientras estuvo recluido en un calabozo durante unas 17 horas, no dispuso de más alimento que un botellín de medio litro de agua.

Nada he podido leer acerca de que el proceso de X quedó suspendido durante todo el mes de agosto por razones que seguramente todos cuantos lean esto, entre resignados y consternados, ya se figurarán.

Hasta hoy, tampoco he tenido noticias de que la prensa haya informado sobre la situación actual del asunto (debido, quizás, a su tediosa normalidad): su familia está con el agua hasta el cuello, dado que dependían económicamente de X en no menos del 70%;* X ha permanecido, desde poco después del momento en que fue detenido y hasta hace escasos días, en una prisión situada fuera de su comunidad autónoma sin que hubiera razones para ello.

Para ir terminando, expondré la conclusión a que llegué tras saber del trato que dispensaron los policías a X mientras duraron los diversos registros: ni por un segundo se les pasó por la cabeza que podrían estar jodiendo a alguien inocente; por otro lado, me preguntaré —retóricamente—: de quedar demostrada finalmente su inocencia, ¿les serán resarcidos a X y a su familia los daños y perjuicios causados? (Y, por cierto, ¿dará alguien la noticia, algún día?)

En fin, permitidme daros un consejo: si alguna vez se os acusa de algo grave, procurad ser culpables.

* Últimas noticias: a uno de los hijos de X le fue concedida una beca de estudios y, con el fin de que el dinero que recibiera por ella no fuera ingresado en una de la cuentas que han sido bloqueadas a causa del proceso, solicitó el cambio de ésta. El dinero ha sido ingresado en la cuenta bloqueada y en ella permanece. ¿El motivo? Se vio obligado a realizar dicha solicitud en septiembre porque —¡ay resignación!, ¡ay consternación!— en agosto la Justicia, de ir en primera, pasa a punto muerto.

sábado, 5 de septiembre de 2009

¿Terminará finalmente la negrura por anegarlo todo?


René Magritte, El imperio de la luz (1954)

martes, 1 de septiembre de 2009

TOrMeNtA, recibe tú también mi bienvenida

Celebro tu propósito de seguimiento, ¡vaya que sí!

Derrotistas pensamientos han cruzado más de una vez mi mente —y en especial durante los últimos días—, pugnando por que abandone este (otro) barco; pero, visto lo visto, habrá que sobreponerse. Habrá que sobreponerse.

domingo, 16 de agosto de 2009

Para estómagos insensibles

El destino ha querido que, a falta de escasas páginas para terminar la novela Niebla, de Miguel de Unamuno, emprendiera yo simultáneamente (cosa extraña en mí, porque suelo leer a trompicones y no es cuestión de hacer eso con varios libros a la vez —¡qué caos se produciría en mi cabeza!—)... Como iba diciendo, el destino ha querido que, a falta de escasas páginas para terminar la novela Niebla, de Miguel de Unamuno, emprendiera yo simultáneamente la lectura de un compendio de cuentos de Edgar Alan Poe titulado Cuentos (tiene su lógica, sin duda). Puesto que he comprobado millones de veces que mi cerebro se empeña en que yo escriba de la forma más enrevesada posible —sin darme la menor facilidad para ello, además, el cabrón—, dejaré hoy aquí mi superfluo y precipitado análisis de ambas obras enfrentándolas en un combate deprimentemente metafórico. Precipitado porque, entre otras cosas, no he terminado de leer ni una obra ni la otra; superfluo porque la imagen que a continuación utilizaré como representación del juicio comparativo ahonda tanto en las razones en que me baso como acaso haga el reseñador de películas de la Pronto. Por último, me gustaría decir que sí, que me conozco muy bien ese dicho de «Las comparaciones son odiosas», mas pienso que éstas, en su caso, podrían resultar odiosas para quien sea objeto de ellas; porque a mí, sincera y soez y francamente, tíranme del pijo (pues no escribí ni escribiré nunca algo parecido a los mencionados Cuentos; ¡ah!, y tampoco Niebla). Me dispondré ipso facto, en consecuencia, a recoger firmas a fin de que sea cambiado el referido dicho y tras lo cual rece: «Las comparaciones son odiosas para quien lo son, no nos engañemos». En fin, sin más dilación —que bastante se ha producido ya, lo que bien poco, por no decir nada, redunda en la amenidad de este mi blog, máxime si tal dilación no responde a causa justificada alguna—, he aquí mi... lo que sea:

¡Sé bienvenida, Liliana!

¡Claro que sí!

Rijosidad y didáctica


El Magazine de El Mundo es una soberbia bazofia —aunque más triste es que haya gente que siga leyéndolo, o lo que quiera que hagan con él—, pero, oh, de vez en cuando se marcan una portada digna de aplauso y de —slurp— otras cosas:


Debo reconocer y reconozco y agradezco que, además, me hayan dado la oportunidad sus hacedores de conocer un poco del pensamiento del diseñador Adolfo Domínguez, que, para mi admiración, se revela en la entrevista que le hacen como un inteligentísimo economista y analista del deplorable estado en que se encuentra el mundo. Se confiesa aquél un lector empedernido, si bien he de reprocharle un error impropio de alguien que dice ser tal cosa y, por el contrario, propio de periodistas y de seres que, ante una palabra que desconocen, se aventuran temerariamente a deducr su significado y, tras esto y sin más investigaciones, dar por sentado el tino de su osado colegir: no significa adolecer ‘faltar[le algo a alguien o algo]’ ni ‘carecer’, sino ‘tener o padecer algún defecto’; a ver si, de una condenada vez, se enteran algunos ya de esto: ADOLECER = ‘TENER O PADECER ALGÚN DEFECTO’. Por su parte —aunque, dada su condición de periodista, mi esfuerzo sea vano—, debo reprochar al entrevistador el mal uso que hace del verbo acusar, pues, con el significado de ‘imputar a alguien algún delito, culpa, vicio o cualquier cosa vituperable’, debió acompañarlo de la preposición de. En suma, en lugar de escribir «Acusa [...] falta de ideas y soluciones [...]» debió el susodicho poner «Acusa [...] [de] falta de ideas y soluciones [...]», porque el entrevistado, si de algo va bien provisto, es precisamente de «ideas y soluciones», en contra de lo que el entrevistador ha dicho —sin querer— (acusar: ‘manifestar, revelar, descubrir’).

jueves, 13 de agosto de 2009

Inercia

Creía estar bien asido al marco de la mampara, pero tuvo unos segundos para comprobar que no era así en cuanto se resbaló poco después de apoyar un pie en la alfombrilla de plástico, mal fijada asimismo al suelo de la ducha.

Los crujidos del mueble, que llevaba oyendo hacía tiempo, eran señal de que la balda que sujetaba un gran número de libros estaba cediendo; lo cogió durmiendo, le aplastaron la cabeza balda y libros —qué ironía—. Con lo práctico que era tener esa gran estantería, en forma de arco, sobre la cama...

Por algo pintan los pasos de cebra en el extremo de las calles; él, mayorcito como era, lo sabía, pero la impaciencia se sobrepuso. La casualidad quiso que, justo cuando (mal)cruzaba por una calle que confluía con otras cuatro, formando con ellas una cruz, convergiera su cuerpo con el propio metálico de un coche.

Quiso emular aquella escena, por mucho que la detestara, en que un bailarín se sube a una farola paraguas en mano, y hacer el idiota un poco como aquél; sin pensar mucho en que la tormenta del día iba acompañada de rayos; sin pensar, naturalmente, en que uno lo alcanzaría.

Durante largo tiempo venía sospechando que gustaba a su vecino; también que, alcanzada la mayoría de edad, en la mente de éste reventaría una furia hasta entonces apenas contenida; una furia que desde la mente electrizó por fin todo su cuerpo cuando de él obtuvo no indiferencia o repulsión, mas sí una disculpa: tras expresarle su sentimiento de halago tuvo que confesarle su imposibilidad de complacerlo. El cupo de negativas y frustraciones del vecino se hubo de cubrir con ésta, la última, la que llevaría a uno a la cárcel y a otro bajo tierra.

Y el mundo, fuera como fuese, siguió su curso. Como en vida ocurría —que en cada ocasión él tomaba sólo lo que le daban, o acaso menos—, muerto nada nuevo pudo sucederle, y cual hoja seca con el viento voló. Puto mierda.

jueves, 6 de agosto de 2009

'El lobo estepario': un libro de puta madre (dejando aparte el Tractac, o como leches se escriba)

Al principio me sentí tremendamente identificado con el protagonista; sin embargo, a pesar de su avanzada edad, se atisban durante la historia esperanzas de que él vuelva a recordar cómo se vive (¡cuán venturoso me resultaría disponer de esa segunda oportunidad, y más aún saber aprovecharla!).

Siento, no obstante, que El lobo estepario ha cambiado algo en mí. Es, a mi juicio, un magnífico manual que advierte sobre los peligros de desligarse del mundo al que uno pertenece a causa de un exceso de erudición, de un empacho de cultura que puede desembocar en una pretensión por que la realidad alcance un ideal sólo asequible al arte; es un libro que le hace a uno ver que lo vulgar, lo terrenal, lo burdo, la imperfección... no son sino el material de que está hecha la vida. Rechazarlos es un gran error, una soberana estupidez.

Ése, en fin, es mi parecer. Si alguien lo ha leído y tiene una opinión distinta, estaré encantado de debatir y de rectificar mi visión, de cuyo acierto siempre dudo. Incitadme a ir más allá, por favor.

P. D.: Empiezo ahora Niebla, don Julián. Confrontaré, a su final, las sensaciones que ella me depare con las que afirma usted haber tenido. Quizá haya debate.

P. P. D.: Joder, ¿por qué escribiré tan a menudo como alguien de otro siglo?

lunes, 3 de agosto de 2009

La pena de muerte es de perdedores

R. G. C. Pena de muerte a los terroristas con delitos de sangre...

Importantista Sí: si no puedes con tu enemigo, únete a él.

R. G. C. Ejecutar asesinos no es lo mismo que asesinar inocentes.

No compares, por favor.

I. Matar es matar: un abominable fracaso, impedir toda posibilidad de que las cosas mejoren.

Sin embargo, yo sí defiendo el aumento de las penas, porque lo que hay ahora es de risa. Y que nadie me salga con que la cárcel es una solución benévola, porque sé, lo , que puede llegar a ser una grandísima putada. Quien no opina así, quien no siente más que indolencia ante la idea de ingresar en ella, ya está muerto.

R. G. C. El régimen penitenciario actual es de risa. Estos hijos de puta comen a la carta, tienen tv. de plasma, aire acondicionado, etc.

Que les cuenten a los padres de los 2 guardias civiles o a los familiares de las víctimas de Burgos películas de cumplimiento de penas...

Ajustuciar a etarras no es lo mismo que asesinar a inocentes...

I. El régimen penitenciario del que he tenido conocimiento no es de risa, te lo aseguro. Otra cosa es que a ellos se los favorezca por oscuras razones; ése es otro debate con relación al cual mi postura es idéntica a la tuya: en la cárcel, las comodidades deben ser bien pocas, y menos todavía para gente de semejante calaña.

En fin, mi idea de la justicia es que debe responder precisamente a tal nombre, y no al de venganza. Pensar en un Estado erigido en verdugo me revuelve las tripas; no lo considero una solución.

Fuente: Facebook.

viernes, 31 de julio de 2009

Dilema

Escribiendo pierdo un tiempo precioso que debería estar utilizando para leer; escribiendo pongo en evidencia mi mediocridad...

A estas reflexiones me está empujando la lectura de El lobo estepario, de Hermann Hesse. Ahora entiendo la idea tan manida de que leer es bueno: puede evitar mucho sufrimiento a la humanidad (aunque en mi caso quizá no lo consiga: no leo tanto).

domingo, 19 de julio de 2009

Los puntos sobre las íes

Muy buenos días, señoras y señores. Antes de empezar, me gustaría hacerles notar la presencia en esta conferencia de dos eminencias literarias, y manifestar mi admiración hacia ellas, pues una de las cosas más inusuales en este mundo es ver que seres humanos de tamaña erudición reconocen no saberlo todo. En fin, tengo el gusto de comunicarles que se encuentran entre nosotros Juan Manuel de Prada y Arturo Pérez-Reverte... A ver, a ver, señores, no se levanten, por favor; no empañen su gesto de humildad con tan ordinaria demostración de petulancia, coño; aquí no son sino uno más del montón.

Está bien, no importa. Es más, hoy, «casualmente», tenía previsto bajarle un poco los humos al señor De Prada. A eso ha venido, ¿no? Comencemos, pues. Dejando aparte la enorme pedantería de que hace gala normalmente, intentando utilizar siempre las palabras más rebuscadas (¿por qué veleidad, caballero, cuando puede recurrir a capricho?; ¿por qué abrojos, si existe penalidades, por ejemplo?...), debo apercibirle acerca de un error ortográfico que usted suele cometer —sin saberlo, me imagino—: no es correcto tildar los verbos con pronombres enclíticos (-se, -te, -le, etc.) si ello contraviene las normas generales de acentuación. Quizá en tiempos pretéritos (no uso pasados para que se sienta usted más cómodo) se hiciera de tal modo (no dispongo del dato, y, de todas formas, esto no es una conferencia de historia), pero en la actualidad —demos gracias por ello a quien las merezca— se rigen escrupulosamente por las reglas de acentuación. Veamos unos ejemplos (el asterisco situado delante de una palabra significa que es incorrecta):

*Perdióse mientras caminaba por aquellos parajes.
Perdiose (palabra llana terminada en vocal) mientras caminaba por aquellos parajes.

*Déle algo, a ver si se calla de una vez.
Dele (ídem de lo anterior) algo, a ver si se calla de una vez.

Entremos en las razones que desaconsejan la acentuación que usted aplica en dichos verbos: ¡porque sí, joder!; ¿no ve usted que, por esa regla de tres, habría que dejar sin tilde las palabras agarrenle o mirense (pues agarren y miren no llevan tilde)? Por otra parte, ¡menudo engorro tener que pensar, mientras se escribe, en si una determinada forma verbal lleva o no tilde en su versión «solitaria»!: «Veamos, pensó lleva tilde, así que pensólo también tiene que llevarla...».

Por tanto, téngalo presente, don Juan Manuel, que no vuelva a ver yo un artículo suyo en que figuren esos errores. Por cierto, aprovechando que es usted el centro de mi disertación de hoy, también quería sacar a colación cierta afirmación que le oí a usted realizar no hace mucho, en relación con la excesiva laxitud que está mostrando últimamente la RAE en la admisión de ciertos vocablos. No puedo estar más de acuerdo. ¿Qué delito habremos cometido los que un poco de esto sabemos para tener que aceptar palabras como bedela o fiscala?; o ¿por qué se nos castiga al transigir la academia con determinadas acepciones de algunas palabras, a todas luces aberrantes? Y es que opino que una lengua no debería regirse por una democracia, sino por una aristocracia. Que el uso mayoritario y constante de ciertas palabras o significados conlleve inexorablemente su inclusión en el diccionario de la academia es, en los tiempos que corren, una perspectiva aterradora. Qué será lo siguiente, ¿xq como sinónimo de porque? En fin, siempre nos quedarán las ediciones «cuerdas» del DRAE, aquéllas de cuando la estulticia todavía no lo había contaminado.

Pues esto es todo por hoy, señores (otro día hablaremos del despropósito ese del desdoblamiento de género en las palabras, uno de los pocos asuntos respecto a los cuales la RAE aguanta los embates de la idiocia general). El próximo día me ensañaré con usted, don Arturo (¿qué es eso de poner de cursiva los textos entrecomillados, por Dios?).

domingo, 5 de julio de 2009

Removido y agitado (epílogo)

Atención: a quien, en su locura, esté pensando leer esto sin haber empezado por donde ello ha de hacerse, le remito al lugar adonde con prioridad debe dirigirse, esto es, al principio: «Removido y agitado (I)».

Miguel estaba en su casa ese día en que decidió llamar a Paula para invitarla (sí, ese otro día en que se quedó esperándola hasta que las lágrimas comenzaron a brotar a chorros de sus ojos y lo sumergieron en un océano sin salir de su casa).

Era aficionado a la historia (no recuerdo si lo puse con mayúscula inicial, pero se entiende lo que quiero decir, ¿no?) —como recordarán los fieles lectores de esta emocionantísima narración—. Pues bien (agárrense los machos porque vienen curvas), este patético ser se había hecho con una enciclopedia sobre la Segunda Guerra Mundial, la cual aún no había pagado; es decir, se la dejaron hojear y ojear antes de tomar la definitiva decisión de pagarla, pues, siendo así, pasaría a la irreversible condición de propietario (que hay que explicarlo todo). Con dicha enciclopedia regalaban una detallada maqueta de una de las batallas en que Hitler tuvo presencia (alguna tuvo que haber, seguro; documentarse es de perdedores). La había montado ya, lo cual llevaba implícita la decisión de quedarse con la consabida enciclopedia. No obstante, él abrió el primer volumen y empezó a leerlo: «En contra de lo que comúnmente siempre se ha dicho, Alemania no fue la que inició la Segunda Guerra Mundial [...]». ¡Pum! —cerró violentamente el libro—. ¿Que no empezó la guerra? Llamó acto seguido a la editorial, no quería en su casa un repugnante panfleto pronazi. Le dijeron que, si había montado la maqueta y sus figuras se encontraban sin su envoltorio correspondiente, era imposible la devolución del importe que aún no había desembolsado; podía hacer lo que quisiera con ella: regalarla, quemarla, hacerle vudú... Pero, para bien o para mal, era suya.

Estaba realmente cabreado, así que, en cuanto hubo colgado el teléfono —acto al cual acompañó un sonoro crac (o plac, o trac; lo que más rabia os dé)—, cogió la figurita de Hitler (un prodigio artesanal, no me cansaré de recalcarlo, si bien la extensión de este texto no dará ocasión a mucho cansancio) y la ensartó en el palo de la bandera alemana (que de seguro, tengo fe ciega en ello, habría una en la batalla de marras). Yo no estaba allí, pero aseguran que se la metió por el culo.

Saciada el hambre de venganza, pletórico, decidió hacer otra llamada: La Llamada (ésa que nunca olvidará quien la recibió y ya no comparte mundo con él). Un instante después de oír la voz de su interlocutora por el auricular, la saludó con un optimismo en la voz que hacía mucho tiempo que no mostraba, la saludó con unas palabras —recordad— que hacían sentir culpable a Paula (espero que se comprenda el porqué) y que, hasta su muerte, repicarán en su cabeza con insistencia pertinaz («que nunca olvidará» dicho con lirismo, vamos):

—Te quiero, Paula...

Pues eso, que fin.

sábado, 4 de julio de 2009

De agradable compañía

[El fragmento que aquí figuraba ha sido suprimido porque en él no se traslucía sino la imbecilidad de su autor; salvo alguna que otra tontería pueril cuya comicidad él no alcanzaba a encontrar, la noche transcurrió de forma bastante amena y, por tanto, dicho cascarrabias autor debe fustigarse y agradecer a las personas con las que ayer compartió velada que lo obsequiaran con la gracia de su compañía. A ellas va dedicada la canción.]




P. D.: Sí, esto va en caída libre. Por otra parte, he escrito esta basura mientras escuchaba la antedicha música; nunca se me ha dado bien hacer nada mientras escucho música (ya no me importan ni las redundancias). El acabose.

jueves, 25 de junio de 2009

miércoles, 24 de junio de 2009

Demencia/autocompasión (y oligofrenia)

¡Ja, ja, ja!… ¿Qué relevancia puede tener una simple gota de privación en medio de un inabarcable océano de carencia?

martes, 23 de junio de 2009

Microrrelatos

He aquí mi participación en el prestigioso I Certamen de Microrrelatos Sevilla Press:

Perspicacia

Echo de menos a mi compañero, pese a sus manías: me arrebataba el periódico y lo deshacía para taparse con sus hojas, necesitaba dormir con la luz encendida toda la noche… Compartíamos un pequeño apartamento, con televisor y todo –minúsculo, eso sí, y averiado, pues era imposible cambiarlo de canal–; además, una de sus paredes era transparente, lo cual lo hacía parecer más espacioso. Me gustaba, pero prefiero este hotel, con su personal siempre tan atento, que hasta te dan caramelos gratis todos los días… Sólo le veo un fallo: sus inquilinos están como chotas, ¿no crees?

La última huida

Ni su relación con Marta –que en breve pasará a llamarse matrimonio aunque sea mentira su nombre más apropiado–, ni los muchos años más que han transcurrido desde que comenzara a cursar Medicina –desgarrada el alma al recordar cuán lejos discurría el otro camino, que llevando una vida al seminario condenaba a dos a no tener más en común que el tiempo–, ni una cosa ni otra, decíamos, pueden evitar ahora que sobre el periódico vierta Miguel un río hasta diluir la tinta de la esquela que con ojos sin consuelo mira.

P. D.: ¿Qué es «adsorbiendo»? Y ¿por qué la mayoría de los ganadores u «honormencionados» tiene más de dos apellidos? No entiendo nada.

domingo, 21 de junio de 2009

Removido y agitado (VIII)

En línea con lo dictaminado por el forense, la policía consignó en su informe que Miguel T. C. había muerto de infarto. Sin embargo, se resistían a considerar definitiva tal conclusión, pues les parecía muy extraño que alguien con el permiso de conducir caducado desde hacía casi tres años –según pudieron comprobar en su base de datos– y que estaba sufriendo un ataque al corazón circulara en el momento del impacto a una velocidad que, a juzgar por el estado en que había quedado el coche, no debía de bajar de 150 kilómetros por hora.

domingo, 14 de junio de 2009

Removido y agitado (VII)

El sábado, la reunión familiar que había organizado Paula en su casa discurrió como la seda hasta que Pablo introdujo, en la conversación que con su hermano estaba manteniendo, el tema del toreo; como gran aficionado que era, hablaba con arrobado entusiasmo y, no soliendo él hablar de nada en voz baja, natural debe juzgarse que menos aún lo hiciera con su dilectísima afición. Concurrieron, en suma, las condiciones propicias para que la reunión hiciera crisis, pues el diálogo inevitablemente hubo de llegar a oídos de Julia, antitaurina militante. De tal suerte que la bomba se unió a la mecha y las palabras no tardaron en prender ésta; todo estalló cuando Pablo, iracundo, se levantó de su silla y, tras arrebatarle a Julia el teléfono móvil, enseñó a los comensales la foto que su contertulia tenía de fondo, la de un precioso gato siamés. El desgraciado no encontró mejor argumento con que rebatir la postura de Julia que el de reprocharle haber dejado morir al gato –«éste al que ahora tributas duelo»– de un «triste» resfriado. «¿No disponías ni de una miserable hora para llevarlo a un veterinario, chica? ¡Qué culpa tendría el pobre animal, que agonizó lentamente hasta asfixiarse! ¡¿Y me hablas tú de tortura?!»

Durante tan acerbo debate, sin embargo, una persona no percibía las estentóreas voces que lo protagonizaban sino como un lejano susurro, ya que hacía tiempo que se hallaba ausente, pese a permanecer su cuerpo sentado sobre una silla. Miguel –que ésa era la persona– ya se temía la contestación que Paula daría a la pregunta que planeaba por su cabeza desde la madrugada del miércoles, si bien creía que la asumiría sin problemas como había hecho tantas veces antes; pero tal respuesta acabó por sumirlo en el lánguido mutismo que ahora ceñía y aislaba su ser y del que apenas saldría desde entonces y hasta el final. Y es que quiso él saber, en fin, el motivo por el cual ella no había acudido a la cita que habían acordado por teléfono. (Estoy seguro de que el lector, sin necesidad de transcribir aquí las palabras de Paula, se figurará por qué Miguel, estando ese día en su casa y con la mesa dispuesta celosamente para dos, hubo de esperar hasta desesperarse.)

sábado, 13 de junio de 2009

Removido y agitado (VI)

A I. le encantaba el sexo femenino; se quedaba paralizado en cuanto veía un rostro de mujer que, a pesar de no ser especialmente bello, le resultara sugerente. Era algo que no podía remediar aun habiendo calado hondo en él el puritanismo católico más recalcitrante. Éste, sin embargo, hacía su aparición a los pocos segundos de haber fijado la mirada en cualquier mujer que no fuera Julia, su novia: toda su cara se inflamaba de rojo, y posaba los ojos en el suelo con gran nerviosismo; si el objeto de su atención, además, le dirigía la palabra, se aturullaba y su réplica adoptaba forma de ovillo inextricable. No obstante, lo preocupante era que todo esto le había sucedido con la novia de su hermano e, incluso, con la madre de Julia. Con la primera, la cosa no había traspasado los límites de la vista; pero, con la segunda –que, a decir verdad, conservaba casi intacta su extraordinaria belleza aun rondando la cincuentena–, I. llegó a internarse en el inconveniente campo del tacto: hacía gala ella de un carácter risueño que arrebataba a I., lo que, llegado un punto crítico, lo hizo entusiasmarse en exceso, envalentonarse y arrojarse finalmente a sus labios. Sería ocioso referir las consecuencias de su osadía. Baste decir que no consiguió con tal acto procurarse una segunda novia, y sí verse impelido por la vergüenza a buscar otro lugar de encuentro con Julia que no fuera, durante varias semanas, la casa de ésta.

Siempre contaba él, de todas formas, con el castigo que Dios le infligía en compensación por sus escarceos románticos: su padre. Era una carga harto pesada, pero la consideraba justa a tenor de la traición que con ellos cometía contra Julia; el contrapeso necesario para equilibrar la balanza de la vida, la cual –estaba convencido– debía inclinarse a favor del sufrimiento. A este respecto, no estaba del todo de acuerdo con el sacerdote que lo aconsejaba espiritualmente: no creía que la vida debiera ser todo penalidades –«para así conquistar el Cielo»–, que uno debía dirigirla en ese sentido; ella sola, la vida, sin necesidad de injerencia alguna, se bastaba en su transcurso para dar cumplimiento a semejante máxima. La vida no debía ser sufrimiento; la vida era sufrimiento.

De romanticismo hablábamos, y es que gustaba I. de él, tímido empedernido como era (incapaz de mostrar vivas pasiones si no lo contagiaba de ellas otra persona, a la que, por no resultar descortés, se limitaba a emular –como bien hacía con Julia–. Le complacía más la contemplación, quedarse soñando con una mera posibilidad y con el intangible roce de las miradas). No podía, por mucho que lo intentara, mostrarse con los desconocidos como realmente era y, cuando estaba rodeado de gente, acostumbraba depositar la mirada en cualquier objeto inanimado y entablar «conversación» con él. (Sólo nosotros, por supuesto, sabemos de su extraña costumbre; debemos considerarnos, a este respecto, más privilegiados incluso que su propia novia.) Le molestaba, en ocasiones, el ajetreo de sus propios familiares en su casa, y por ello se encerraba en el baño, fingiendo que se estaba lavando los dientes, y se dirigía entonces al sumidero del lavabo imaginando que dos de sus orificos eran ojos, profundos ojos negros, y le hablaba; el sumidero nunca lo juzgaría, nunca se reiría de él, nunca le respondería con desdén…

martes, 9 de junio de 2009

Desasimiento

Se empecina Pedro, en La sombra del ciprés es alargada, en ser fiel a su principio de no tomar nada de la vida y evitar así verse obligado en algún momento a dejarlo. Es el dilema entre sufrir por no tener (poco, pero durante mucho tiempo) y sufrir por perder (de forma acaso atroz, pero sólo tras haber disfrutado de lo que se tenía y con posibilidad incluso de recuperar la dicha). La primera opción es de cobardes, sin duda; de muertos vivientes. Ahora bien, ¿y si no se encuentra forma alguna de tener? ¿Y si uno parece ser impermeable al mundo?

domingo, 7 de junio de 2009

Paréntesis

Ya lo advertí. Espero (siempre algún resquicio), no obstante, seguir con esto más adelante; la continuación de «Removido y agitado» está desde hace semanas en mi cabeza, de modo que...

Mi futuro inmediato está íntimamente relacionado con las letras, pero, quizá por tratarse de trabajo (haré de corrector profesional, lo que no dejará de implicar mecanicismo, repetición, y obligación hasta el punto —seguro, en algún momento— de hacerme olvidar el deleite que la tarea me proporciona), no siento interés por escribir. No así por leer, aun implicando asimismo mi labor la de leer sin parar; enfrascado y maravillado estoy ahora mismo con La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes: construida con su habitualmente vastísimo léxico, el autor creó una trama (basada, según dicen, en su propia vida) que nunca se estanca en una sola situación; suceden los hechos como agazapados para luego surgir de súbito sus respectivos desenlaces, sobrecogedores aun intuyendo uno, acaso, que se escondían al amparo de tal supuesta rutina. A mí —supongo que porque suelo dejarme llevar por la historia, sin molestarme en intentar predecir lo que se avecina— ya me ha dejado profundamente «descolocado» más de una vez.

En fin, sabed, al menos, que aguanto, que no me he ido, que acaso me hallo aletargado —o tal vez «creciendo»—. Saludos.

viernes, 1 de mayo de 2009

Removido y agitado (V)

La vida le sabe a poco desde hace algún tiempo, lo cual piensa que es debido al sinfín de novelas que ha leído, pues no es extraño que a cualquiera le acabe resultando tediosa y anodina la realidad después de haberse puesto en la piel de personas que han experimetado las más emocionantes aventuras: personajes con extraños ideales que por voluntad propia se rinden a la indigencia y que, después de estar a punto de morir de pulmonía a causa de un aguacero, hacen de acompañante de un ricachón que se quedó parapléjico de la forma más estrambótica, quien a su vez había vivido años antes en una cueva suplantando la identidad de otra persona; alguien que asesina a una mujer de moral deplorable sólo para intentar demostrar que el fin siempre justifica los medios, y que desde entonces sufrirá una persecución implacable por parte de la policía; un grupo de niños que, al naufragar el barco que tripulaban, terminan en una isla y casi acaban matándose entre sí; y si nos ponemos a mencionar las historias de Stephen King, imagínate… Todo eso explica el peculiar comportamiento de Julia: en definitiva, ella no hace sino intentar convertir cada pequeño suceso de su vida en un torbellino de emociones comparable –al menos de lejos– a todo aquello que ha leído. Hay veces en que I. se considera un privilegiado por tener una novia así, pero en otras ha llegado a sentirse realmente avergonzado.
–O sea, que si lees demasiado, ¿terminas aburriéndote de la vida? Lo anotaré en mi lista de «desventajas de leer ficción».
–Pues a mí, la verdad, me atraen más todavía las novelas desde que I. me contó eso. Ten en cuenta que Julia es mucho más extrovertida e inquieta gracias a ellas; le veo al asunto más ventajas que inconvenientes; la envidio, si te soy sincero. Bueno, prosigo con lo que te estaba contando. Me ponía I., en su última carta, varios ejemplos para ilustrarme sobre el comportamiento de Julia. Y no tienen desperdicio, Roberto.
–Venga, estás tardando…
–Sabes que I. es católico practicante, y asiste a menudo a misa. Julia nunca lo había acompañado, hasta que un día se ve que le picó la curiosidad y preguntó a I. si le importaría que fueran los dos juntos. A él –que a veces peca de ingenuo– la idea le pareció estupenda. Pues bien, llegó el momento en que el cura pronuncia el sermón…
–La homilía, creo que se llama.
–Sí, como se llame. El de ese día versaba sobre la parábola del hijo pródigo, y, cuando llevaba un rato hablando, va la tía y levanta la mano. El cura interrumpe su discurso y pregunta a Julia que qué ocurría –me imagino que con cierta cara de contrariedad–. Julia se levanta del banco, y le dice al sacerdote que aquello estaba muy bien, pero que le gustaría que les hablara sobre algún pasaje del Antiguo Testamento y les explicase la supuesta bondad que se encerraba en él, ésa que debía servir de ejemplo a los creyentes, porque ella nunca la había encontrado. Concretó un poco más, añadiendo que en ocasiones había sentido una ira incontrolable al leer las atrocidades y los despropósitos que en él se cuentan, que se narraban sucesos –algunos de los cuales refirió– que hasta le habían causado repugnancia. Figúrate la estupefacción del cura, Roberto; el tío flipaba, y al final interrumpió la especie de filípica en que se había convertido la intervención de Julia y le pidió, con cara de mala leche, que se marchara, porque sospechaba que ella era atea –brillante deducción, la del sacerdote– y que aquél no era su sitio. I., por supuesto, casi se desmaya de la vergüenza.
–¡Ja, ja, ja! ¡Qué bueno! Vaya Julia… Habría dado lo que fuera para ver aquello.
–Pero espérate, espérate, que aún hay más. Pasados algunos días tras el incidente, estaba I. en la habitación de ella, curioseando entre las cosas que había por allí, y no cupo en su asombro cuando vio, en el anaquel de una estantería, un cáliz dorado y adornado con diversos grabados. Iracundo, inquirió a Julia acerca de aquello: le respondío que lo había «cogido» del armario en que estaba guardado, en un momento en que la iglesia estaba vacía, y que pensaba llevarlo a un anticuario, el cual seguro que pagaría bastante dinero por él, para luego donar éste a una ONG. De esa forma sería mucho más útil, afirmó ella. Dijo que estaba harta de «tanta palabrería, tanto simbolismo vacío y tanta zarandaja mística», y que al menos así, aunque fuera involuntariamente, acercaría de verdad al Cielo a aquellos «beatos estirados». I. se sintió muy ofendido por aquellas palabras y la discusión fue de aúpa; por bien poco no rompieron. El caso es que no es la primera vez que Julia hace de moderno Robin Hood. En otras ocasiones, mientras se hallaba en un bar tomando unas copas con algún amigo –estando con I. nunca habría sucedido lo que sigue, claro–, ha escamoteado algún abrigo o un bolso que tenían pinta de ser bastante caros, y ha hecho con ellos algo parecido a lo del cáliz. Además dice que, cuando pasa delante del escaparate de una tienda «pija», le entran ganas de reventar una luna y regalar a los vagabundos todo lo que pueda coger. Vamos, que es una idealista redomada…
–Buf, yo de I. la tendría bien vigilada, porque algún día quizá tenga que ir a la comisaría a pagarle la fianza.
–Pues sí, no me extrañaría. A ver, más curiosidades acerca de la chica… Ah, sí, también es tremendamente visceral para la música, por ejemplo. Le encanta el grupo Radiohead; «la embriaga», en palabras de I. Mira, me he grabado un par de canciones suyas en el «mp3»*.
–Me suena el nombre, pero no sé si habré oído algo suyo alguna vez…
–Ten, y escúchalos cuando tengas un rato. Creo que lo siguiente sembrará en ti una curiosidad que de seguro no podrás contener: mientras escuchaban alguna de sus canciones, I. ha visto a Julia –según el tema que sonara– saltar como una posesa, reírse a carcajadas, llorar a moco tendido o, prepárate… excitarse hasta el punto de obligarlo a hacerle el amor en ese preciso momento, chantajeándolo con que, en caso contrario, saldría a la calle y se follaría a lo primero que tuviera polla.
–¡Joooder! Creo que me tengo que ir…
–Eh, eh, que todavía no he terminado, je, je; además, que si te entran ganas de lo último yo quiero estar ahí. Bueno, ahora viene una parte profunda. I. ha terminado aceptando esas fases de voluptuosidad extrema, aunque me ha confesado que en ocasiones se siente hasta celoso: cuando están ahí, dale que te pego mientras suena la música, le da la impresión de estar haciendo un mènage á trois entre ella, él y el cantante. No obstante, al final se sacude la idea de la cabeza y se deja llevar –sí, a veces es capaz–, intentando «absorber» parte de la energía que recorre el cuerpo de ella, que, si normalmente es bien considerable, con la música deviene descomunal, diferente incluso. Según él, tan amante de los símiles religiosos, parece que en un momento dado estuviera haciendo el amor con un ángel, con alguien incorpóreo… También es verdad que otras veces a Julia se le han cruzado las emociones: están en la cama, pum, pum, pum, cambia el tono del tema que están escuchando, de uno con «efecto excitante» a otro, por ejemplo, que la sobrecoge, y entonces se sume en el llanto… Esto a I. le corta totalmente el rollo y lo violenta muchísimo, naturalmente.
»Así, grosso modo, es Julia según palabras de I. Otro día te cuento las cosas que me confiesa sobre sí mismo, que él también tiene lo suyo. Tengo que irme, que en dos minutos empieza Teoría de la Literatura.
–De acuerdo. A mí aún me queda tiempo hasta la siguiente clase; me iré un rato a la cantina, quizás, y escucharé esta música afrodisíaca. Mmmm, o tal vez sean más apropiados los aseos…
–¡Míralo, el bujarrón! Me voy yendo ya, que a este paso me veo montándomelo contigo en el huerto de atrás.
–Cuando quieras, guapo. Por lo menos dame un beso…
–Hay mucha gente alrededor, ¿no?
–¿Todavía estamos así? T., tío, ya va siendo hora de que la gente sepa lo que hay.
–Lo estoy arreglando, Roberto. Digamos que he conseguido serrar ya varios barrotes de la jaula, pero aún no quepo por el agujero. Luego nos vemos, anda.
–Bueeeno, te salva este culo de escándalo que tienes. Hasta luego.
–¡Quieto, Roberto!

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sábado, 25 de abril de 2009

Removido y agitado (IV)

No me ha salido demasiado mal el arroz, ¿no?
–Está delicioso, papá. –I. pensó comentar a su padre lo provechoso que le estaba resultando vivir solo, pero finalmente desechó la idea: sacando ese hecho a relucir no conseguiría más que entristecerlo.
–¿Sabes algo de tu hermano, I.?
–Le va muy bien la empresa, con la que está ganando más dinero que nunca. Ahora sale con una chica nueva, aunque ya es algo habitual, como sabes.
–Sí, no sé qué tiene en la cabeza; sólo vive para ganar dinero, con el único fin de tirarse a todas las mujeres que se le antojan. Todas las tontas, claro, dudo mucho que le sirva la táctica para atraer a las que merecen la pena de verdad…
–Pues sí, papá, pero ya es mayorcito para saber lo que quiere. Si ésa es su ambición, allá él…
–Se ha vuelto un putero, I., qué desastre… ¿Qué haríamos mal tu madre y yo? –I. empezó a temer que se desatara el vendaval, y se lamentó del escaso fruto que daban sus esfuerzos por evitarlo–. Bueno, pensándolo bien no hace otra cosa que imitar a tu madre, que parece que coleccionara hombres desde que nos separamos –«Comienza la lluvia de mierda», pensó I.–. Tu hermano, un putero, y tu madre, una pu…
–¡Cállate, por favor! ¡Mamá se merece que la trates con más respeto! Y ponerla en un altar, diría yo, porque sólo una santa puede aguantar al lado de alquien que por toda recompensa ofrece un constante patetismo. Sí, sí, no te rías, tus sospechas son absurdas; ella no se merece que pienses que alguna vez te fue infiel, ni que ahora la acuses de nada, porque sólo se limita a hacer lo que debe: recuperar el tiempo perdido. Te lo tengo dicho, si piensas así es debido a la perspectiva con que lo ves todo, papá, que parece que te tapara la vista un velo negro… Joder, ¿es que tenemos que acabar discutiendo en todas las comidas?
–No puedo evitarlo, hijo –le temblaba la voz–. La miseria me persigue adondequiera que voy. Y el no poder trabajar por culpa de este cuerpo que tengo, que no me causa más que dolores… Tengo demasiado tiempo para pensar y cuanto me rodea no me ayuda a sacar conclusiones optimistas, precisamente…
–¡Uff! Echas la culpa a los demás, cuando casi todos los problemas te los creas tú mismo, y muchas veces de la nada. El cuerpo responde al trato que uno le da, papá, a no ser que esté enfermo; el tuyo estaba perfectamente, pero lo estás reventando a patadas. Por cierto, ayer vi que compraste una enorme tarta de chocolate, ¡y hoy sólo queda un cuarto de ella! Qué quieres, ¡¿suicidarte?! –I. golpeó la mesa con el puño derecho, lo que produjo un sonido que retumbó entre las paredes–. Maldito cobarde egoísta… Además, me estás arrastrando contigo; siento que delante de mí se empieza a formar ese mismo velo que cubre tus ojos –continuó comiendo mientras miraba con indiferencia al televisor, tratando de ignorar a su padre y dar por terminada la discusión.
–Quizá estaríais mejor sin mí… –las lágrimas se deslizaban ya por sus mejillas–. Créeme, lo he pensado más de una vez… –negaba con la cabeza, que tenía agachada, y en sus ojos se veía una expresión de profunda zozobra, muestra del cruento combate que se estaba librando en su interior. Pasados así unos segundos, aferró el cuchillo con la mano derecha, llevó la hoja al lado izquierdo del cuello, y se abrió la garganta.
–¡¡Qué haces!! ¡¡No, no…!! –I., con los ojos muy abiertos, saltó de la silla y se abalanzó sobre su padre en un vano intento por restañar la sangre. Pero ésta manaba a borbotones, al tiempo que el herido gemía y emitía gorgoteos.

En ese instante, con la respiración agitada y los ojos empañados, I. despertó.

jueves, 16 de abril de 2009

miércoles, 15 de abril de 2009

Removido y agitado (III)

Se hallaba a escasos metros de la entrada de su lugar de trabajo cuando vio a lo lejos un pequeño bulto, apartado en la esquina del parque colindante. Esto le hizo abandonar su habitual expresión risueña y, del mismo modo, trocar por un silencio expectante la canción que hasta ese momento iba tarareando. Al acercarse comprobó que se trataba de un pequeño perro, que dormía sobre una pequeña parcela de tierra, replegado sobre sí mismo. En cuanto ella se agachó, el animal se puso alerta y se levantó sobre sus cuatro patas, en silencio y tembloroso. Estaba famélico y encogía una de las patas a poco que la posaba en el suelo. Pasados unos segundos, destensó el cuerpo y empezó a gruñir lastimeramente ante la conmovida mirada de Paula:
–Tranquilo, tranquilo… –lo acarició con suma delicadeza–. Conmigo no tienes nada que temer, muchacho. Te voy a llevar a un sitio en el que estarás más caliente, y vamos a hacer algo para que dejes de enseñar esos huesos con tanto descaro; shhh, shhh… –lo cogió y prosiguió su camino con él en brazos.
Subió la amplia escalinata que conducía al edificio de oficinas en que trabajaba y, tras saludar al bedel –en cuya mirada se reflejó primero la sorpresa, luego una sonrisa de complicidad–, recorrió un ancho pasillo. Se colocó delante del primer ordenador de un conjunto de tres, los cuales se alineaban a lo largo del lado izquierdo del final del pasillo, y, con mucho cuidado de no dejar caer al perro, tecleó su clave personal. Hecho esto, se dirigió a una habitación en la que había almacenada gran cantidad de material de oficina y dejó allí a su nuevo amigo:
–¿Ves? Aquí se está mucho mejor. Ya, ya… –estaba gimiendo de nuevo–, no se me ha olvidado lo que te había prometido, hombre. Para empezar, vamos a ponerte un poco de agua –buscó con la mirada entre los objetos que allí había y, posándola en una pequeña pila de bandejas de plástico para documentos, concluyó que por el momento una de aquéllas le serviría para lo que necesitaba–. ¿Te gusta? –al mostrarle la que había escogido, el perro meneó el rabo.
Paula salió de la habitación y, transcurridos cinco minutos, regresó con la bandeja rebosante de agua. La dejó al lado del perro, que no tardó en comenzar a pegar lametones sobre la superficie de la minúscula balsa.
–Ahora, caballero, se tiene usted que hacer a la idea de quedarse un rato solo –lo miró fijamente a sus asustados ojos–. No olvide que el rancio abolengo del cual proviene le obliga a mantener la compostura. ¡Está en juego el honor de su familia! Así que, por favor, no se mee usted en esas cajas de folios –dicho esto, pensó que quizá convendría que el chucho retomara el sueño en el que se hallaba cuando lo encontró. «Sí; no es que dude de mis dotes de persuasión, pero…» Carraspeó, lo cogió entre sus brazos y empezó a mecerlo suavemente mientras cantaba:
–Duérmete niño, duérmete ya, que si no el coco te comerá; duérmete niño, duérmete ya…
Al parecer el sistema funcionaba, de modo que continuó cantando durante algunos minutos más. Una vez que se hubo dormido del todo, lo dejó muy lentamente en el suelo y salió sigilosamente del pequeño almacén. De súbito, recordó que tenía que escribir un correo electrónico; el encuentro con el perro la había absorbido por completo. Se dirigió a su mesa, que, junto con tres más, se hallaba en un gran despacho al cual se accedía a través de una puerta situada en un lado del pasillo. Todavía no había nadie allí, pues sus compañeros solían demorarse bastante saboreando el café de las mañanas. Encendido el ordenador, comenzó a escribir:

Hola, Ramón:

¿Qué tal estás, encanto? ¡Qué comentarios haces en mi 'blog', chico! Te confieso que en cuanto escribes tú, se me olvida todo lo que escriben los demás –alguno incluso me lo ha reprochado–. Me dejas pensando en tus palabras todo el día; tienes tanto dentro… Además, como habrás visto, mis artículos muchas veces salen «contaminados» por lo que dijiste tú al comentar los anteriores, no puedo sustraerme a tu influjo. En fin, creo que deberías escribir tu propio 'blog', en serio; seguro que tendrías mucho éxito. No obstante, es paradójico que los consejos que das y tus frases lapidarias destilen tanta vehemencia, tanta energía contagiosa, y luego, cuando hablas de ti en tus correos, inspires tanta tristeza y desilusión. Mira, en lo que respecta al hecho de que estés en paro, yo considero que es absurdo preocuparse, porque sabes mejor que nadie que tienes un currículo magnífico y seguro que encuentras algo muy pronto. Por otra parte, ¿cuándo mejor que ahora para disfrutar y aprovechar al máximo el tiempo libre, gastando la desorbitada cantidad de dinero –bien merecida, eso sí– con que te indemnizaron los cerdos de tus antiguos jefes? Y no me vengas con el cuento de la enfermedad, que gracias a los retrovirales parece que estuvieras más sano que yo, tío. De todas formas, por si no te hubiese convencido todavía, vamos a ver si esto lo consigue definitivamente: te propongo que quedemos la tarde del próximo miércoles, en el mismo bar de la vez anterior, para sumergir la inhibición en alcohol y levantar ese decaimiento con lo que tú quieras.

Ahí lo dejo, encanto. Hoy prefiero ser breve: voy a ponerme a trabajar antes de dar al jefe la ocasión de reprenderme, que se estresa y luego


–¡Hombre, si está aquí la escribiente con lo suyo! –Paula dio un respingo y se apresuró a cambiar la página web donde estaba redactando el correo.
–¡Hola, cielo! Estaba esbozando el principio de un nuevo artículo para el blog –sonrió nerviosamente y se levantó de la silla para darle un beso. Era uno de los compañeros de trabajo, con quien salía desde hacía varios meses.
–¿Sí? Pues mientras mirabas la pantalla se te notaba en los ojos una pasión como pocas he visto; debe de ser buena la idea con que has dado. Habrá que leerlo, habrá que leerlo… Por cierto, ¿sabes lo que me he encontrado en el almacén? He ido allí para coger unos paquetes de grapas…
–¡Ah, lo has visto! ¿A que es precioso? El pobre está que se cae de flaco, pero aun así es muy guapo. –Consultó la hora en el reloj del ordenador–: ¡Huy, que no llego! Tengo que salir un momento, cariño.
–Mira que se me había pasado por la cabeza, aunque no dejara de repetirme a mí mismo: No puede ser, hombre, si ya tiene suficiente con los tres animales que tenemos en casa (sin contarte a ti)… ¡Oh, ingenuo de mí!
–Perdona, cielo, en diez minutos estoy de vuelta, ¿vale?
–Pero vigila para que no lo vea Juan, porque ése es capaz de expedient… –Paula había abandonado ya el despacho.

Casi al mismo tiempo que cruzaba la puerta del edificio, sonó su teléfono móvil. Se trataba de su ex marido:
–Hola, Miguel… Vaya, qué forma de saludar la tuya, tan particular… Sí, es que voy por la calle, a comprar comida para perros en el supermercado; ya te contaré la historia, ahora tengo algo de prisa… Dime… ¿El miércoles? Venga, sí, aunque tendrá que ser por la noche, esa tarde la tengo algo ocupada… Ah, otra cosa: el sábado querría que nos juntáramos los chicos, tú y yo para comer. Hace tiempo que no planeamos algo así, todos juntos. ¿Podríamos hacerlo en tu casa?… Perfecto. Pues quedamos en eso. Tengo que cortar… ¡Ay, no lo repitas más, por favor!; me haces sentir culpable… No te enfades, anda. Nos vemos el miércoles… Un beso.

sábado, 11 de abril de 2009

Removido y agitado (II)

Ahí está de nuevo esa odiosa expresión; nada más empezar parece que fueran a tocar el cielo y, de pronto, están totalmente ausentes, como si se encontraran a kilómetros de distancia… ¡Eh, perra, que te la está metiendo el mejor follador de la ciudad, despierta! ¿Así me pagas las atenciones y regalos con que te agasajo? Pues se ha acabado la función; el menda se corre, y a dormir.»

–¿Ya está, cariño? –preguntó, algo contrariada–.
–Sí, hoy es que me has puesto a cien, chica –dijo Pablo mientras se quitaba el condón–. Te sienta cojonuda la lencería de doscientos euros que te compré.
–¿Te gusta? Siempre me han dicho que el color rojo me favorece mucho. Oye, si quieres, aprovechamos esa fogosidad que te he provocado –le acarició el pene–, y echamos otro… ¿Oye, Pablo? –se había dormido–. Bueno, se ve que en ese cartucho iba toda la excitación. –Con semblante de resignación, se cubrió hasta el cuello con la sábana y se dispuso a dormir.

A la mañana siguiente, Pablo se despertó el primero. «Mira qué tenemos aquí –levantó cuidadosamente la sábana y miró el cuerpo de la chica, que se hallaba de espaldas a él–, ese culo… precioso, sí señor. Es de lo poco atractivo que tiene, porque vaya tetas… Me engañó bien la primera vez que la vi: aquel wonderbra me hipnotizó de tal modo que no cejé hasta enrollarme con ella. Pero no importa –empezó a masturbarse–; nos resarciremos ahora mismo.»
Al cabo de un par de minutos, eyaculó. Había derramado el semen sobre las nalgas de la chica, tras lo cual se hizo el dormido:
–Pero qué… ¡Mierda, Pablo, ¿qué has hecho?! ¡Qué asco!
–Mmpf… ¿Qué pasa? –entreabrió los ojos–.
–¿Cómo que qué pasa? ¡Te has corrido en mi culo, joder!
–Coño, es verdad –dijo poniendo tono de sorpresa–. Habrá sido una polución nocturna de esas, mujer, porque he soñado que me hacías una paja cubana con esos maravillosos pechos que tienes.
–Pues es repugnante, Pablo. Por cierto, anoche te duermes nada más tener un orgasmo, ¿y luego sueñas con eso? Eres un poco rarito, ¿no?
–Joder, hija, tampoco hay por qué ponerse así. Perdóname por no dominar mis impulsos mientras duermo –dijo con sarcasmo–.
–Bueno, déjalo. Voy a ducharme –su expresión se tornó algo más alegre, vagamente insinuante–, ¿me acompañas?
–Mmmm… –reflexionó durante un instante–, no, iré directamente desde aquí a mi casa; allí me ducharé, no te preocupes. ¿Hacemos una cosa? Mientras tú te arreglas, yo preparo un buen desayuno.
–Ayyy, eres un sol; lo que pasa es que tu cuerpo va por libre. Venga, en cuanto termine me reúno contigo en la cocina, ¿vale?
–Muy bien –le dio un beso en la boca con los labios cerrados–. «Je, je… –pensó mientras observaba como se dirigía al baño–, la he dejado perdía

Estaba realmente hambriento, de modo que, ya en la cocina, partió un trozo de un bizcocho que encontró al lado del microondas y se lo llevó ávidamente a la boca. En cuanto lo hubo terminado, cogió papel y bolígrafo y escribió una nota. La dejó sobre la mesa que había en el centro de la estancia al tiempo que oía a la incauta, que cantaba. «¡La hostia! –se dijo para sí, torciendo el gesto–. ¡Me he estado tirando a Paulina Rubio! –abrió la puerta con sigilo–. Ahí te quedas, petarda –y la cerró dando un portazo–.» La chica estaba ya secándose y, al oír el ruido, preguntó a quien no estaba si acaso tenían visita. Al comprobar que no recibía contestación, entró en la cocina, desconcertada.

–¡Será hijo de puta…! –exclamó tras leer la nota:

Me voy para no volver. Y no te molestes en llamarme: no aguanto ni la FALSEDAD ni las TETAS CAÍDAS.

lunes, 6 de abril de 2009

Removido y agitado (I)

Querido T.:

Qué sería de mí si no pudiera recurrir a tu paciencia de vez en cuando… Mi padre ha tropezado y se ha caído, esta tarde, y por poco no lo cuenta. Ya tiene una nueva historia de la que dolerse y con que martirizar a todo oyente que se le ponga por en medio, profusamente adornada de quejas que no vienen al caso, como acostumbra, y convenientemente dramatizada –como si ésta lo necesitara–. Antes de «abrazar» el suelo, el canto de la mesa ha querido llevarse una pequeña parte de su cara y, durante unos segundos, toda su consciencia. Me he puesto de los nervios, creía que de ésta no salía. Pero no, por mucho que lo castigue engullendo todo tipo de mierda, su cuerpo aguanta, es algo asombroso. Le he vertido en la cara un vaso de agua y ha pegado un respingo; la máquina ha vuelto a arrancar, una vez más, empezando a emitir el patético sonido que la caracteriza: «¡Ay, ay, ay…!». Manaba mucha sangre, de modo que no me lo he pensado y he llamado para que viniera una ambulancia. Veinte puntos le han tenido que dar, no me extraña; ha sido un golpe brutal. Ahora no deja de repetir que él nunca se había caído –siempre saca la dignidad cuando no viene a cuento–. Sí, hay que admitirlo, si bien cualquiera preveía que era cuestión de tiempo, porque tropezar lo hace más que quejarse, hecho una puta mole como está, asquerosamente torpe y lenta. En fin, pensé que debía contarte un suceso así cuanto antes; ya te castigo bastante con mis minucias y mis absurdas tribulaciones. Era hora de compartir contigo algo de auténtica importancia.

Estoy muy harto, T., y exhausto. Mi padre no cesa de lamentarse por cualquier nimiedad, y, según él, está «rodeado de desgracias». La mayor de ellas, cómo no, la separación de mi madre. Sé que le afectó muchísimo, pero de eso hace ya más de un año, por Dios. ¿Por qué no la olvida de una vez? Hace mucho tiempo, cuando todavía me quedaban fuerzas, intenté hacerle ver que lo suyo es un problema de actitud, de filosofía de vida, porque con todo hace lo mismo: no importa que un problema sea irresoluble, él lo rememora y se lamenta una y otra vez, cuando lo más sensato –aunque la sensatez hace mucho que abandonó a mi padre, o él a ella– es dejarlo atrás y sustituirlo de alguna manera. No tiene más que tomar ejemplo de mi madre, que ha salido ya con dos tíos desde la separación. Pero no quiere enterarse. Ni de eso, ni de nada; el pasado parece su droga, y cuanto más amargo sea el episodio de que se trate, más le "pone". Le encanta chutarse penas. A todo esto hay que añadir la «modélica» dieta que sigue, por supuesto. El exceso con que come es seguramente la razón de que padezca tantos dolores, pues no hay cuerpo en este mundo que soporte sin quejarse el tener invadido el cincuenta por ciento de su espacio por la grasa. Él me asegura que la necesita, que no tiene otra cosa con que aguantar el «infierno» en que está inmerso. Mentira: es otra adicción más; cuando pasan los efectos de la aflicción, se pone una generosa dosis de comida hipercalórica. Y mira que se lo advirtieron los médicos –aunque el hecho de que le fuese reconocida la incapacidad total debería ser suficiente para disuadirlo–, que no tiene el corazón para esos trotes, que un día se va a llevar un susto que podría ser el último. Pues no, sigue devorando basura sin contemplaciones; no sabes la mezcla de repulsión y frustración que siento cuando lo veo cebarse de forma tan obscena y pienso en cómo acorta con ello el camino que lo llevará a su fin.

Pero yo ya me he rendido, amigo, lo llevo insinuando hace rato –los genes son muy fuertes, y los míos me fustigan hasta que sale la quejumbre a chorros–. Porque no es él sólo, la estupidez me asedia; todos hacen lo que les da la gana. Me siento abrumado, así que yo prefiero meterme en mi burbuja, y que cada cual se las apañe. Intentar demostrarles cuán equivocados están acabaría conmigo despanzurrado al otro lado de una ventana, sobre un montón de cristales hechos añicos. Demasiado esfuerzo, mucho riesgo para mi salud mental. Sólo cuando no puedo evitar cruzarme con ellos, transijo con sus idioteces, me las trago. La única alternativa a la que puedo aferrarme es intentar por todos los medios no coincidir en el mismo espacio, lo cual me permite al menos sobrellevar la situación. En fin, el día que yo salga de esta casa no se me borrará la sonrisa durante meses.

Voy terminando, por clemencia. Siento ser portador de tanto lamento, T., pero has de comprender que necesito desahogarme de alguna forma, pues aislarme sólo me sirve durante algún tiempo, mientras la desesperación se mantiene aletargada. Te agradezco muchísimo que estés ahí, no te imaginas cuánto me alivia saber que al menos leerás esto. No obstante, trataré de que mi siguiente carta sea más alegre. Quizá te cuente alguna anécdota graciosa protagonizada por mi padre, que los caracteres dolientes son un coñazo, pero a veces expulsan la frustración en forma de un humor negro desternillante.

Recibe un saludo muy afectuoso,

I.

domingo, 5 de abril de 2009

Un mal viaje

Le parecía el sol lava incandescente deslizándose por su cuerpo –siendo como era una hermosa mañana de primavera, no tan calurosa como luminosa–. El polvo, flotando a causa del aire que soplaba, le arañaba los ojos en cuanto los abría, aunque no fuera aquél más que algún grano de arena suelto y éste –que sentía ella inquieto, helado y lacerante como cuchillas–, apenas una tibia y leve brisa. Sumergirse en el río, pensó, la aliviaría de tan hirientes sensaciones. Alzó una pierna hasta ponerse a horcajadas sobre el pretil, alzó la otra. Ya en el otro lado, se arrojó con los pies por delante y esperó la liberadora zambullida. Y liberada, como pretendía, fue de aquellas sensaciones y de las demás, pues la carne que nos compone mal resiste los golpes contra el agua cuya superficie, vista desde decenas de metros, más se antoja un pétreo muro.